EL MUNDO POST PANDEMIA

Eduardo Choppelo T.-


La pandemia que nos azota genera en muchas personas angustia, y en la mayoría genera incertidumbre y hay muchas preguntas, pero pocas respuestas. Preguntas como ¿Cuándo terminará? ¿será eficiente la vacunación? ¿Nos podremos contagiar aun estando vacunados? ¿podremos volver a la vida que teníamos antes? ¿el teletrabajo llegó para quedarse definitivamente? ¿cambiará la educación escolar para siempre como consecuencia de la pandemia? Y las que en mi opinión son las preguntas más importantes: ¿Qué enseñanzas nos dejará este azote del coronavirus? ¿Será una humanidad diferente la que surja después que termine esta pandemia?

No sé si alguien tenga respuestas a estas preguntas. No sabemos con seguridad cómo será el día después que termine esta crisis sanitaria. Difícilmente alguien puede anticipar respuestas. Se puede especular, pero no creo que alguien pueda afirmar qué es lo que realmente pasará. Es más, desde el mundo científico médico, no se atreven a hacer predicciones. Y me parece razonable esta precaución, después de haber fracasado, colectivamente, para prever y prevenir primero y controlar después, esta trágica situación sanitaria. Es increíble que con todos los adelantos científicos y tecnológico, esta pandemia no haya podido ser prevista, ni controlada oportunamente.

Lo que sí me parece a lo menos básico, esencial, es que como humanidad aprendamos algunas lecciones. La primera de ellas es una lección de humildad, porque justo cuando estábamos hablando de “Inteligencia Artificial” y haciendo preparativos para un viaje tripulado al planeta Marte, viene un microscópico virus y nos pone de rodilla. Nos estábamos vanagloriando con el mañana portentoso, sin pudor, ni la prudencia debida.

Esto debe sacudir nuestra soberbia, a los humanos nos falta mucho que aprender y esta pandemia puede ser la ocasión de abrirnos los ojos a aquello que aún no entendemos o aquello que no estamos haciendo bien.

Además de dejar expuesta la fragilidad de nuestra sociedad, la pandemia nos ha demostrado que son más valiosos los médicos, enfermeras y paramédicos que las figuras del deporte y la farándula, que la salud es mucho más importante que una cuenta corriente con muchos dígitos o un cargo elevado en una compañía. Además, el aislamiento al que muchos nos vimos forzado nos mostró prístinamente lo importante que era el contacto con los seres amados. Cuando las circunstancias les aislaron muchos redescubrieron lo tremendamente importante que eran esas personas en sus vidas.

Si algo le podemos agradecer al Coronavirus, es que nos ha dejado enseñanzas que, si las sabemos aprovechar, internalizar y convertirlas en hábitos, nos convertirá en mejores personas. Nos ha demostrado que cuando algo nos importa lo suficiente (o no tenemos más remedio), los obstáculos súbitamente desaparecen y somos capaces de teletrabajar, hacer deporte en casa… La típica excusa “no se puede…” siempre fue una mentira piadosa. Siempre se pudo, pero no quisimos hacerlo o teníamos otras prioridades.


Muchas personas forzadas por los eventos asociados a esta crisis sanitaria, habiendo perdido sus fuentes laborales se reinventaron y de repente aparecieron servicios que antes no necesitamos pero que por las circunstancias se hicieron necesarias.


Hubimos de aprender a vivir al interior de nuestras casas y redefinir el concepto de hogar. Nuestra casa o departamento ya dejó de ser el lugar donde llegábamos a comer y dormir y tuvimos que re convertirlo en un lugar de encuentro y permanencia 24/7 con nuestro cónyuge o pareja, interactuar con los hijos y aprender a convivir con las mascotas. Y debimos aprender muchas nuevas cosas, o aquellas cosas a las que no les habíamos dado suficiente importancia.


Por ello es tan importante el aprendizaje. Cada día aprendemos algo, cada avance se consigue a partir del conocimiento que vamos creando a medida que aprendemos cosas nuevas. Para algunas personas ha sido necesario aprender a hacer sus trámites, compras, trabajos, capacitación, reuniones de trabajo, reuniones de apoderados, clases de los hijos, todo online, de modo autodidacta, obligada por las circunstancias y en muchos casos, sin tener ni los equipos adecuados ni una señal WiFi lo suficientemente rápida o con una adecuada calidad de la conexión. Para las empresas fue necesario adecuarse a la nueva realidad, pero en gran medida todo este aprendizaje ha sido asistemático. A los trabajadores se les hizo teletrabajar, pero a la gran mayoría de ellos no se les entregaron medios. Usaron sus computadores o smartphone personales y su propia conexión WiFi lo que origina en muchos casos una comunicación deficiente con los problemas de calidad y estrés que eso conlleva. Si la educación a distancia y el teletrabajo llegaron para quedarse, hay mucho que aprender y mejorar al respecto.


Dado que nuestra sociedad se había convertido en la sociedad de la desconfianza, otra cosa que hemos de aprender es la importancia volver a confiar, la sobrevivencia de una sociedad exige que tengamos confianza: en las autoridades, en nuestros compañeros de trabajo, en los vecinos y en los expertos… Pero, ¡ojo!, en los verdaderos expertos. Hemos de saber distinguir, las setas comestibles de los hongos venenosos. Es increíble que en este siglo XXI, en la edad de la información, con más medios de comunicación que nunca antes en la historia humana, haya proliferado tanto la desinformación. Una persona con bata blanca y mostrando un gráfico a una cámara, genera credibilidad, pero puede desinformar y confundir seriamente. Los fake news abundan, las teorías conspirativas medran por las redes sociales y lo más lamentable, encuentran muchas personas que incautamente son convencidas por su discurso engañoso. Saber a quién creer, y en quién confiar no es fácil, pero hemos de esforzarnos por saber separar la paja del trigo. Asegurarnos de verificar la calidad de la información que recibimos, saber distinguir a los verdaderos expertos, y descartar la información basura.


No sabemos cuándo terminará esta pandemia, pero lo que si vemos cada día es que en general, los humanos seguimos siendo muy tercos y pagados de nuestras propias ideas. Los países y los laboratorios compitiendo en quién obtenía primero la vacuna y luego cuál de ellas es más efectiva. No se ha observado cooperación, ni se les ha visto buscar resultados con sinergia. Cada país y cada laboratorio haciendo lo suyo para obtener el prestigio y el negocio. Cómo la sociedad que hoy se sacude, aparentemente en estertores agónicos, fue concebida en base a la competencia, pues se les educó pensando en que el éxito depende de derrotar a los demás, no hemos visto actitudes colaboracionistas, sino todo lo contrario. Es doloroso ver cómo los políticos, por ejemplo, no han enfrentado la pandemia como una misión nacional, sino que en cada momento de la pandemia y con cada decisión que toman, prevalecen sus intereses políticos egoístas. Sin embargo, esta pandemia nos muestra que la sobrevivencia de la especie depende de la cooperación en todos los aspectos. Ojalá más temprano que tarde la cordura reine en esas mentes ideologizadas

Pero no solo países y laboratorios, las personas que tienen acceso a los medios de comunicación, cada uno con sus propias ideas de cómo se debe manejar la pandemia, incluso impúdicamente opinan de epidemiología quienes con suerte distinguen la diferencia entre resfriado y gripe. Opinan y sin mayores fundamentos sobre los métodos de testeos, controles de contagios, trazabilidad, efectividad de las vacunas, etc. En el pasado no supimos anticipar lo que venía, estamos naufragando en el presente y se atreven a predecir el futuro. Es patético.

Como sociedad tenemos tanto que aprender, y tanto que cambiar. Si no es ahora cuándo. Debemos prepararnos para la ejercer la prudencia como norma, la moderación como actitud y la responsabilidad como principio. Valores como la disciplina personal, la resiliencia colectiva, la solidaridad transversal se sobreponen en ese mundo egoísta y, por ello, tan inseguro por insostenible. El coronavirus nos ha demostrado que somos vulnerables y debemos actuar con la naturaleza, con los organismos vivos y con nosotros con humildad.

Definir con claridad que es lo que queremos, que es lo que nos hace feliz, valorar las cosas simples, lo auténtico. La sociedad del consumo, no solidificó afectos. Lo urgente, lo necesario, lo importante, cambiará para siempre. Valoramos la vida, la salud, la familia, por sobre el trabajo, el dinero y lo altivo o jactancioso. Hemos de volver a la esencia, debemos dar más importancia al ser, que al tener.

En estos meses de confinamiento hemos descubierto la importancia de mirarnos hacia dentro, crecer en calidad de personas, ir mas a lo espiritual a lo trascendente. En nuestra forma de vida pre pandemia, vivíamos sin ser dueños de nuestro tiempo, sometiendo nuestras decisiones a los impulsos y estímulos ajenos. Nos movíamos, sí, pero estábamos más prisioneros del tiempo que ahora que estamos confinados.

Reducir los excesos, volver a la frugalidad y la contención es la única manera de hacer sostenible la vida y el planeta. Estamos experimentando que menos puede ser mucho más

Esta pandemia dejó al descubierto —con toda su crudeza— nuestras vulnerabilidades individuales y colectivas. Nos demostró que no somos invencibles, a pesar de todo el avance tecnológico y sin siquiera importar la riqueza de un país, de hecho, EE.UU. la primera potencia mundial, es la que tiene la mayor cantidad de víctimas fatales de esta pandemia.

Algo que inevitablemente será necesario replantearse es la configuración urbana. La alta concentración humana en las ciudades, el transporte público tan congestionado, se tiene que revisar. La velocidad de la propagación de los contagios está directamente relacionada con la densificación urbana. Y el hecho de que, en muchas ciudades, aprovechando las restricciones de movilidad para reducir la velocidad de propagación de los contagios, la fauna silvestre “invadió” los terrenos que antes les eran propios, también es un llamado a repensar la extensión de los radios urbanos.

Por ello, en el momento que esta pandemia termine, ¿qué querrás tener? Seguramente, la respuesta mayoritaria será: Cuando esta calamidad termine, quiero estar vivo y sano al igual que mi familia. Querré que al momento en que concluya la pandemia, goce del amor de mis seres queridos y sienta que yo soy mejor persona que cuando el coronavirus llegó. Valoraré más una vida ordenada y feliz, que una llena de objetos y posesiones innecesarias. Gozaré de la vida al aire libre y valoraré cada momento en que pueda caminar tranquilamente y a la hora que quiera por un parque, cosa que dábamos por sentado, pero que hoy por las restricciones sanitarias no podemos disfrutar y por sobre todo valoraré cada momento que pueda ver, tocar, abrazar y besar a mis seres queridos, sin miedo a un contagio

No sé cómo será el mundo, ni como se conformará nuestra sociedad post pandemia, pero sí sé qué, si sobrevivo, seré un humano más agradecido y una mejor persona.


Referencias:


“El día después es hoy” GestiónActitudes Cultura 5Zero Gestión del cambio MotivaciónGlobal (Extraído de internet el 03/04/2021)


Si no es ahora ¿cuándo? manifiesto por una cultura de aprendizaje. Javier Martínez Aldanondo Socio Cultura de Aprendizaje de Knowledge Works Por Eduardo Choppelo T.-

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